domingo, 20 de octubre de 2013

Todos tenemos la responsabilidad de pensar

Esta entrada, la primera del nuevo curso, trata sobre unos vídeos titulados "Sócrates y la autoconfianza", en los cuales Alain De Botton habla sobre Sócrates y el por qué de su extraña manía de abordar a la gente mientras paseaba por el foro.
El narrador nos cuenta como las grandes masas tienden a seguir, y a hacer caso, a las personas importantes, es decir, políticos y gente con dinero, en general. Sócrates opinaba que esto se debe a que creemos, erróneamente, que este tipo de personas que parecen tan autoritarias y seguras de si mismas saben lo que hacen, saben hacia donde van, y por tanto, nosotros les seguimos como un rebaño tras su pastor. 
Sócrates abordaba a este tipo de personas, ricos griegos y guerreros, en el foro y les hacía preguntas sobre cómo y por qué estaban donde estaban y hacían lo que hacían. La mayoría de las veces recibía respuestas llenas de incoherencias. Un rico sabe explicar por qué es rico, un guerrero no sabe por qué lucha como lucha.
La segunda razón que nos puede llevar a seguir ciegamente a este tipo de individuos es que todos sabemos que, a veces, al estar furiosos, por ejemplo, podemos equivocarnos. Sócrates era un inconformista en este sentido, e iba creando confusión allí por donde pisaba. Su inconformismo tenía aliciente en la búsqueda de la verdad. Sócrates preguntaba a la gente por el sentido de la vida, preguntas que a menudo molestaban e irritaban a los atenienses, aunque a Sócrates estas molestias no parecían importarle. Al contrario, prefería parecer un loco a dejar que la gente  no se parara nunca a pensar. Su intención era que todos cuestionasen sus propias creencias, él creía que todos tenemos derecho a reflexionar sobre nuestras vidas e ideas y que todos teníamos capacidad para hacerlo. Por encima de todo, el propósito de Sócrates era que superásemos los prejuicios y la timidez, descubriendo nuestras verdaderas creencias y aprendiendo a justificarlas y defenderlas "con uñas y dientes". Con esto pretendía enseñar a creer en tu opinión por encima de creencias o ideologías dominantes, destacando así por encima de los demás.
Sócrates opinaba que era imposible crear buenas ideas sin pensarlas mucho, por lo que inventó un método para aprender a pensar. Este método consta de tres etapas:
-Primero hay que buscar una opinión considerada verdadera por la mayoría.
-Después hay que buscar incoherencias o contrapuntos a esta opinión, si encontramos una incoherencia a la opinión, entones es que esta ha de ser falsa.
-Por último, debemos buscar una nueva definición que se ajuste realmente a la opinión.
La verdad para Sócrates es aquella opinión que no se pueda contradecir.
Si seguimos el método, según Sócrates, seremos capaces de justificar mejor nuestra ideas, que serán más sólidas.
Gracias a esto, no tenemos que seguir a las masas, haciendo y pensando lo que los otros, si no que si pensamos distinto, sabemos como argumentarlo y defenderlo.
Para Sócrates, una vida sin reflexión no merece la pena vivirla. Para él, la reflexión y la filosofía no estaban limitadas a las universidades, si no que se podía filosofar en todas partes y que cualquier tipo de persona puede hacerlo. Nuestro problema, según él, es que escuchamos las opiniones de la gente importante y las aceptamos sin siquiera pensar si están bien o no.
Aunque Sócrates pensaba que cualquiera es capaz de reflexionar sobre sus ideas, sabía que la mayoría de la gente no lo hace, por lo que no todas las ideas deben ser escuchadas. No creía en la democracia, porque una idea no tiene por qué ser cierta solo porque la mayoría la defienda. Por encima de todo, la idea ha de ser lógica. Si no lo es, lo mismo da que la defienda la mayoría, porque es errónea.
Precisamente, nuestro filósofo murió por defender sus ideas por encima de las de la mayoría.
Todos podemos pasar de ser ovejas a ser filósofos.



jueves, 6 de junio de 2013

Sobre Rousseau y Hobbes

Hoy en clase hemos hablado sobre las ideas que tenían los célebres filósofos Hobbes y Rousseau sobre el estado de naturaleza y el Estado de Gobierno.
Para Hobbes, estado de naturaleza es sinónimo de caos, ya que para él, el ser humano necesita dominar a sus iguales, y ello desemboca en conflicto. Solo el tiempo y la creación de leyes y normas por parte de un monarca consiguieron que el ser humano fuese educado adecuadamente.
Sin embardo, Rousseau dice todo lo contrario. Según este autor, el estado de naturaleza era el estado perfecto, ya que, para él, los humanos somos seres gregarios que tienden a vivir en paz y armonía con la comunidad. Pero, poco a poco, se sucedieron unos cambios externos que nos obligaron a cambiar, y a causa de estos cambios surgió la propiedad privada, que fue el comienzo del fin. Gracias a Dios, esta "enfermedad" que contrajo la humanidad tenía cura, y esa cura pasaba por que el poder del estado estuviese en manos del pueblo. Todos los individuos cedían su libertad a favor del bien común.
Si tuviese que inclinarme por alguno de los dos autores, supongo que estaría de parte de Rousseau. Creo que el ser humano, en sus gregarios orígenes era bueno, y que fue la aparición de la llamada "sociedad" lo que nos volvió crueles. Más que la sociedad, fueron los valores que esta nos inculca. Valores como ciertas religiones, que convierten a los hombres en monstruos, el afán de conquista, que llevaron a las grandes naciones a conquistar territorios que hoy en día son llamados "tercer mundo" (por nuestra culpa). Valores como el machismo, que hace que en algunos países esté bien utilizar la violencia contra las mujeres, ese valor que está presente en nuestras cabezas y que dice que "quién más tenga, más feliz será", lo que provoca avaricia, envidia... Y una larga lista de etcéteras.
Aunque también Hobbes tiene algo de razón. Observemos a los niños, por ejemplo. Los niños son un claro ejemplo de crueldad, al no saber distinguir el bien del mal, hacen y dicen todo tipo de cosas, algunas crueles, como insultar a un amigo o incluso, maltratar a un animal. Puede que lo hagan inconscientemente, pero... ¿Acaso ese no es un claro signo de que los seres humanos nacemos con cierto punto de maldad?
Por eso creo que, en parte, debe haber un punto intermedio. Ni nacemos demonios ni santos. Creo que en toda persona existe un lado bueno y uno malo, y que la sociedad y el ambiente en el que vivimos no hace más que potenciar una de las dos partes. 
En cuanto a la aparición del estado... Creo, como Hobbes, que el estado se creó para inculcar una serie de leyes y normas con las que regir el país, porque si no, esto sería un descontrol. Puede ser que estas normas, en un principio inofensivas, hayan derivado en trampas para nosotros mismos, leyes que no podemos controlar y que, de algún modo, condicionan nuestra total libertad. 

No comparto, sin embargo, las ideas de Rousseau. Puede ser que, en un principio (hace mucho, mucho tiempo), el poder lo tuviese el pueblo, pero hoy en día el único poder que tenemos es el de botar y no siquiera eso es correcto de todo. Son los políticos los que tienen el poder, y el pueblo, por mucho que se manifieste y esté en desacuerdo con él, no puede echarlo de donde está.

martes, 7 de mayo de 2013

Pequeños placeres de la vida

Nuestras vidas están llenas de cosas malas y de cosas buenas. Cosas que nos dan placer y cosas que hacen que nos hundamos en la miseria y la depresión.
En esta entrada, voy a hablar sobre algunos los que considero los pequeños placeres del día a día.
Por ejemplo: ¿quién no se ha levantado temprano un día festivo y se ha deleitado pensando que no tiene que levantarse, que puede quedarse en la cama el tiempo que quiera? ¿Y quién no se ha dado una ducha con agua hirviendo tras pasar mucho frío y se ha sentido en el séptimo cielo? ¿Y tumbarse al sol a freírse como una lagartija cuando se tiene frío?
Otro de los mayores placeres de la vida es, sin duda, el chocolate ¿Quién no se ha metido una onza en la boca y ha dejado que se derritiese lentamente?
Que te den un abrazo cuanto te sientes mal, que una persona a la que has ayudado te diga que tu consejo le ha sido de gran utilidad, que te halaguen por algo, que sea tu cumpleaños, que te regalen algo, que te piropeen, que alguien te diga que le gusta tu pelo, o tu ropa, o como hueles, que tus profesores te feliciten por algo que has hecho, que tus padres te digan que se sienten orgullosos de ti, que tu pareja te diga que te quiere, conocer a alguien especial, tumbarse en la cama a leer un libro, escuchar tu canción favorita de repente,  llegar a tu casa y que tu madre haya preparado para comer uno de tus platos preferidos, ver a alguien a quien llevabas mucho tiempo sin ver, que te den una buena noticia, que falte a clase un profesor y puedas irte antes, ir al campo de excursión, pasear un día soleado, darte un capricho, estirarte después de dormir largo y tendido, viajar a lugares lejanos,que vuelvan a echar en televisión un programa que te gustaba mucho, descubrir un libro, serie o película que te encanta, reír...
¿Quién no ha bebido después de pasar mucha sed, o comido después de pasar hambre? ¿Nunca habéis tenido calor en verano y habéis girado la almohada para encontraros con la agradable sorpresa de que está fría? ¿Quién no se ha lanzado en plancha a su suave y mullida cama después de un día agotador? ¿Nunca habéis tenido calor en verano y os habéis dado un chapuzón en agua fría?
Uno de los pequeños placeres que solo entendemos las mujeres es, sin duda, el llegar a casa por la noche y desprendernos de los tacones (Y, ya que estamos, darnos un suave masaje en los pies con trombocid).
¿Y aquello de ducharse después de haber hecho deporte?
Los estudiantes coincidirán conmigo en que no hay mayor satisfacción que en llegar a un examen, que te entreguen la hoja y respirar tranquilo porque te lo sabes todo. O hacer un examen de una asignatura que te resulte muy difícil y sacar muy buena nota. O sacar mejor nota de la esperada en un examen que creías que te había salido mal. Aunque quizás, el mayor placer que experimenta un estudiante es cuando va a recoger las notas el último día, no le ha quedado ninguna y sabe que puede dedicarse a lo que le de la gana durante los siguientes tres meses ¿Hay mayor alegría que esa?



domingo, 24 de febrero de 2013

Paseo entre historias


Durante este capítulo, voy a contar mi experiencia tras estar vagando sin rumbo durante un tiempo por una librería.
He escogido esta experiencia porque una de las cosas con las que más disfruto, es leer, y si hay algo que me gusta es vagar por librerías, buscando aventuras nuevas por descubrir.
Como librería he escogido una de mis favoritas, que está en Cádiz, porque da la casualidad de que he estado allí este fin de semana.
Entro en la librería como si fuese mi casa. Al instante, me invade el olor a libro nuevo, a páginas recién impresas. Ese olor me encanta.
Me conozco la librería de memoria y mis pasos me llevan, casi sin quererlo, a la sección de novedades. Cojo alguno que otro, mientras ojeo las portadas que más me llaman la atención y los títulos que se me antojan más prometedores. Nada.
Me despego de esa esquina de la tienda y continúo mi lento avance. Mi instinto me guía solo, de nuevo, y me arrastra hasta la estantería de novelas fantásticas (género que me gusta bastante, he de decir). Sigo ojeando y me encuentro con algunas novelas, viejos amigos, a los que ya conozco, incluso aventuras que me sé de memoria ya. Algún que otro título me llama la atención, pero ninguno lo suficiente, así que me interno en el pasillo de clásicos para mirar algún que otro más antes de decidirme.
Una novela sobresale de entre un montón. Lo cojo. El título reza “Cuentos Macabros”, de Edgar Allan Poe. Es una edición nueva, con unas ilustraciones preciosas. Lástima que hace apenas un mes me compré una edición más antigua del mismo libro. Ojeo un poco más las preciosas ilustraciones y lo dejo de nuevo donde estaba. A saber cuánto tiempo más se llevará ahí, si es que no se queda para siempre atrapado en aquella estantería.
Subo unos pequeños escalones y voy a parar a la última sección de la librería: La sección juvenil. Hace tiempo que no compro ningún libro en esta sección, ya que todos me parecen lo mismo. Cuando algún autor saca algo medio decente que se transforma en best-seller (gracias a las hordas de adolescentes incultos que leen semejantes porquerías), enseguida aparecen miles más que aspiran a triunfar siendo una copia barata de los primeros, con diferente nombre pero lo mismo en esencia.
Los libros de esta sección los ojeo con mayos desgana. Como imaginaba, no hay ninguno que merezca la pena. Cuando estoy a punto de irme, veo de refilón una portada que me es familiar. Saco el libro de la estantería  y me encuentro con la continuación de un libro que me leí hace ya un tiempo. Me leo la sinopsis y sopeso la idea de llevármelo, pero al final, decido dejarlo en la estantería. Como ya he dicho, aquellos libros son todos iguales y sé que, si me lo compro, me aburriré y habré tirado el dinero para nada. Además, la primera parte no me gustó demasiado…


Me encamino hacia la salida, algo decepcionada por no haber encontrado nada. Mi madre me espera en la caja, con cuatro libros en la mano, pasando la vista de uno a otro, repasando las sinopsis y contando páginas (mi madre siempre dice que, cuanto más gordo un libro, mejor. Más tiempo se disfruta con él). Me pide que le ayude a decidir y entre las dos nos quedamos con  uno de una autora de misterio sueca bastante buena, cuyas otras novelas mi madre ya ha leído (Mejor comprarte algo que sabes que va a ser bueno). Luego, ella me pregunta que si he encontrado algo. Le digo que no y me alcanza un libro en cuya portada aparecen una mujer, unas maletas y un oso de peluche en una estación de tren. “La fabulosa historia de Henry N. Brown”, rezan las letras del título. Me leo la sinopsis y me gusta, porque parece una historia bonita y sencilla. Justo lo que necesitaba, porque a mí los libros me vienen y van por épocas. Así que pagamos las dos y salimos fuera, bastante contentas porque esa misma podríamos disfrutar de nuevas historias.

martes, 12 de febrero de 2013

La educación en Chipre (Sí, aquella pequeña isla perdida...)


En este artículo voy a comentar el modelo de educación en Chipre y voy a comparar algunos aspectos de la misma con algunos aspectos de la educación en España.
Realmente, no puedo afirmar que los modelos de educación Español y Chipriota que voy a utilizar sean los generales, ya que en realidad estoy comparando el modelo educativo de nuestro instituto con el instituto en Chipre.
Principalmente, aclararé que he escogido el modelo de educación de Chipre porque he tenido la inmensa suerte de hacer un intercambio con este país y he tenido la oportunidad de asistir a algunas clases allí y sufrir en carnes propias este sistema educativo.
Comenzaré hablando de aspectos generales para acabar hablando de cada colegio en concreto.
Primeramente, voy a hablar de la organización de los cursos. En España tenemos el colegio de educación primaria, que dura seis años y el instituto, que dura otros seis años (cuatro de Enseñanza Secundaria Obligatoria y dos de Bachillerato).
En Chipre, la cosa es algo distinta. Ellos tienen tres “niveles”; la llamada escuela elemental, que equivaldría a nuestra escuela primaria, el instituto, que equivale a los cuatro años de ESO, y el liceo, que son tres años más (como tres años de bachillerato). Así, los alumnos de Chipre tienen un año más de preparación antes de ir a la universidad.
En España cada clase dura una hora, mientras que en Chipre las clases duran cuarenta y cinco minutos, cosa que a mí, personalmente, me parece mejor, ya que estar sesenta minutos seguidos atendiendo a un profesor es mucho más difícil que estar atento durante cuarenta y cinco.  Aunque no lo parezca, quince minutos marcan la diferencia.
Los recreos en España tienen una duración de veinte y diez minutos, mientras que en Chipre (aparte de que hay un recreo más) hay dos de veinte minutos y uno de diez, es decir, treinta minutos de recreo en total en España frente a cincuenta en Chipre.
Las clases comienzan a las siete y media allí y terminan a la una y media. Dan seis horas exactas, frente a las seis horas y media que se imparten en España, donde las clases comienzan a las ocho y media para terminar a las tres de la tarde.
A pesar de tener veinte minutos más de descanso y media hora menos de clases al día, los chipriotas tienen siete clases al día, no seis, como nosotros.
Otra cosa que me llamó mucho la atención es que, en Chipre, todo el mundo comenzaba las clases a la misma hora (niños de primaria y adolescentes de secundaria) y las terminaba a la vez. Aquí en España, los niños de primaria comienzan las clases media hora más tarde que los de secundaria y sale una hora antes.
En España, cuando un alumno repite curso por segunda vez, pasa automáticamente al curso siguiente, no pudiendo hacer el mismo curso más de dos veces seguidas. Los chipriotas tienen una extraña manera de solucionar esto: si un alumno repite por segunda vez, se le cambia de instituto. Medida que a mí, personalmente, me parece fantástica, ya que la mayoría de los repetidores están en clase simplemente para dar la lata y molestar. Si se les cambiase de escuela, no tendríamos que lidiar con tantos repetidores en la misma clase y estas serían un poco más tranquilas.
Otra de las cosas que me han gustado bastante de la educación allí ha sido el número de alumnos máximo por clase: veinticinco alumnos frente al máximo de cuarenta que tenemos en España. Sin duda, creo que esta es una de las mejores cosas de la enseñanza allí, puesto que, al haber menos gente, las clases eran más tranquilas y a los profesores se les hacía más fácil controlar a sus alumnos (a pesar de todo, seguía habiendo clases en las que había algún que otro problema de atención).
En Chipre, tanto los alumnos de letras como los de ciencias están obligados a dar ciertas clases. Por ejemplo; aquí en España, los estudiantes de ciencias estamos obligados a dar clases de física y química, pero no de latín o griego. En Chipre, los alumnos de ciencias daban las asignaturas propias de su rama, pero además estaban obligados a dar algunas asignaturas que en España se consideran solo de letras.
Entonces ¿Qué diferenciaba a un alumno de ciencias con uno de letras? La respuesta es simple: cada alumno estudiaba más o menos horas de una asignatura dependiendo de si cursaban ciencias o letras. Así pues, los alumnos de ciencias tenían siete clases de matemáticas a la semana frente a las tres clases que tenían los de letras.
Esto me parece genial, ya que así los alumnos no se especializan tan pronto y saben un poco más de cada materia, aunque no vayan a estudiarla en la universidad. Además, eso hace que el cambio de ciencias a letras en caso de arrepentimiento no sea tan duro, ya que, al fin y al  cabo, cursan las mismas asignaturas.
En Chipre los profesores no castigan a los alumnos poniendo los llamados “partes” aquí en España, y si los alumnos son expulsados por cualquier circunstancia, consta en el expediente, pero el alumno debe asistir a clases durante el período de “expulsión”. Yo creo que ese es mejor castigo que el Español, que simplemente se trata de quedarte en casa haciendo lo que te venga en gana durante el tiempo que estás expulsado.
La nota máxima allí era el veinte y la mínima el ocho, no como en España que contamos del cero al diez y que puntuemos cada nota con sobresaliente, notable, bien…etc.
Dentro de los aspectos generales, lo último que quiero destacar es la variedad de idiomas entre los que pueden escoger. Lo Chipriotas pueden escoger dos idiomas entre el inglés, el francés, el ruso, el español, el turco y el italiano. En España, sólo estudiamos inglés y francés, y ambos son obligatorios en bachillerato. Eso sí, el nivel de las clases allí no es muy alto, al igual que aquí,  por lo que si quieres estudiar un idioma de verdad, tienes que apuntarte a una academia.
En lo referente a las características de cada escuela, he de decir de que, a pesar de que la escuela de Chipre era mucho más grande y tenía patios, un gimnasio cubierto bastante grande y pistas deportivas, las clases no eran mucho mejores que las nuestras. Es cierto que eran más amplias (a pesar de que había poca cantidad de alumnos en cada clase) y que tenían aire acondicionado, pero el mobiliario estaba mucho más deteriorado que el nuestro (las mesas estaban pintarrajeadas hasta el extremo de que no se veía de que material estaban hechas) y no tenían pizarras electrónicas o proyectores como tenemos en nuestro instituto.
Los alumnos chipriotas, por muy extraño que suene, eran tan indisciplinados como nosotros, los españoles.  Una de las cosas que más me llamó la atención allí fue que podían utilizar los móviles cuando quisieran dentro del instituto (obviamente, no podían utilizarlos durante las clases, pero sí durante el recreo y podían dejarlos encima de sus mesas con total libertad).
Además, los alumnos podían ir al baño en mitad de las clases sin problemas e incluso, si no te había dado tiempo, te podías tomar el desayuno en clase. Muchos profesores se llevaban el café a clase también.
Algunas clases las comenzaban rezando, no solo la de religión, y en todas las clases había un retrato al estilo bizantino de Jesucristo o la virgen María (hay que añadir que son ortodoxos y que las clases de religión son obligatorias allí).
Aparte de eso, los alumnos de ambos países somos, después de todo, adolescentes atolondrados y ruidosos, aunque también los hay atentos.
Según mi parecer, el modelo Chipriota es mejor que el nuestro. Las clases de cuarenta y cinco minutos permiten más descansos, más atención y la posibilidad de tener más clases, además de que allí no se especializan tan pronto, por lo que saben algo más que nosotros,  además de que tienen un año más para prepararse para la universidad y de que pueden optar a aprender más idiomas que nosotros. Estas cosas son las que sustituiría en el modelo de educación español.





viernes, 7 de diciembre de 2012

Como un rebaño.



Escribo esta entrada tras ver el vídeo sobre el ascensor.
En el vídeo, se somete a presión de grupo a ciertos individuos, es decir, cuando la persona se mete en el ascensor, el resto se coloca de frente o de espaldas a él y se comprueba si la persona se gira o no. En todos los casos surte efecto y el individuo se gira.
La cuestión principal de esta vídeo es ¿Por qué se gira? Puede ser que sea porque se sienta más incómodo estando orientado en sentido contrario al resto, pero ¿Por qué sentirse incómodo? ¿Acaso importa la posición?¿Realmente la persona llega a sentirse incómodo físicamente?¿O es incomodidad psíquica lo que siente?
La verdad es que la mayoría de los seres humanos no podemos evitar comportarnos como un rebaño: lo que hace la mayoría lo hace el resto. Esto lo he podido comprobar yo misma en el instituto, por ejemplo: cuando estás con un grupo de seis personas y dos o tres se mueven, el resto, casi inconscientemente, se mueven con ellos, sin saber (en la mayoría de los casos) hacia dónde se dirigen.
Si analizamos esto, nos damos cuenta de que esta curiosa "propiedad" de las personas podría utilizarse para cosas mucho más perversas. En este punto, me gustaría conectar el vídeo del ascensor con el vídeo de el experimento que viene a continuación.
En este vídeo, someten a los individuos a otro tipo de presión: a cada persona se le asigna una pareja; a uno de los dos le atarán a una silla con electrodos, y el otro se situará frente a él (con una pantalla blanca de por medio) y se encargará de hacerle preguntas. Si contesta mal, descarga eléctrica, y por cada error tendrá que subir la potencia de la descarga, hasta niveles prácticamente desorbitados. Lo que no saben las personas que inculcan las descargas eléctricas es que sus compañeros son actores y no están sometidos a ninguna descarga.
Pues bien, la mayoría de la gente llegó hasta el final del experimento. Si sus compañeros hubiesen estado de verdad sometidos a semejantes descargas, algunos habrían muerto. A mi, personalmente, me parece increíble que, las personas que inculcaban las descargas se veían presionadas por el científico que los supervisaba y por eso continuaban, pero el científico, lo único que hacían para presionarles, era decirles que continuaran. Sin subir el tono y sin amenazar. Así pues ¿Porqué continuaban? Sabían que no les iba a pasar nada si abandonaban el experimento, entonces ¿Por qué?
Ahora es cuando me gustaría referirme a aquellos "fines perversos" de los que hablaba antes: ¿No sería posible que, aprovechando este "defecto" humano, alguien con cierta autoridad someta a presión a un grupo y les ordene hacer lo que él diga?¿A qué nos recuerda esto?
Respuesta simple: puede recordarnos a los nazis durante la segunda guerra mundial. Pero sin embargo, los alemanes, al contrario que las personas sometidas al segundo experimento, sí podían ser linchados si
cometían una insubordinación.
Esto me lleva a la siguiente conclusión: el ser humano es débil, y en cuanto se ve sometido a una presión psicológica (ya sea esta presión aplicada por un grupo o por una persona que tenga autoridad) baja las orejas y esconde el rabo, haciendo lo que se le pide o lo que se espera de él. Por eso, es peligroso que cualquiera lo suficientemente inteligente se aproveche de esto, porque podría repetirse lo de la segunda guerra mundial.
Es más, hay una película, llamada "La Ola" (basada en hechos reales) que habla precisamente sobre esto.
La película trata sobre un profesor que le pregunta a su clase si creen que el nazismo podría repetirse en Alemania. La mayoría de los alumnos contestan que no, que los alemanes han aprendido la lección. Poco a poco, el profesor va creando una sociedad llamada "La Ola", una sociedad muy parecida a la sociedad nazi.
Los que forman parte de "La Ola" se ven a veces sometidos por la presión de grupo de la que hemos estado hablando para cometer actor bandálicos.
Ahora bien, la película nos muestra que, para que se produzca presión de grupo, debe haber cierto número de individuos que, libremente o presionados por alguien autoritario, someten a su vez al grupo.
En cierto modo, los vídeos están conectados: una persona puede extorsionar a una minoría, que ejercerá presión de grupo sobre el resto.
Moraleja: Hay que tener cuidado con quién y cómo utiliza el poder, y hay que rescordar que no estamos obligados a nadie. La mayoría siempre puede más si se une y organiza como es debido.

jueves, 8 de noviembre de 2012

La anatomía no es el destino

Este artículo trata sobre el libro "Vacas, guerras, cerdos y brujas", escrito por Marwin Harris. En esta entrada voy a comentar el tercer capítulo, titulado "El macho Salvaje".
En él, el autor nos habla sobre el por qué de el patriarcado en lugar del matriarcado. Los hombres no han sido siempre los dominantes por cuestiones fisiológicas, ni mucho menos. Ni tampoco porque las mujeres seamos más débiles, más pequeñas o más indefensas, puesto que una mujer fuerte puede serlo tanto como cualquier hombre. La diferencia reside en qué sexo controla la tecnología de defensa y agresión.
Si lo miramos desde cierto punto de vista, lo más lógico sería que fuésemos las mujeres las dominantes, ya que somos las encargadas de dar a luz y del cuidado y protección de los hijos. Es más, existe una teoría que dice que, antes de la actual sociedad patriarcal, existió una de origen matriarcal. Por supuesto, si esto llegó a suceder alguna vez, los hombres se encargaron de que aquello no proliferase.

Los hombres dominan a las mujeres y las acobardan con amenazas y violencia, esta es la única manera que tienen de gobernar. Pero las mujeres podrían detener esto rápidamente. ¿Por qué no lo han hecho? Cabe pensar que, ya que nosotras somos las encargadas de la crianza de los hijos, podríamos educarles para que fuesen mansos y obedientes, mientras que a las niñas se las educaría en el campo del mandato y la violencia.  La respuesta es bien sencilla: los hombres, aunque muchas lo creamos, no son estúpidos, y si viesen peligrar su mandato, responderían instantáneamente con violencia, que podría resultar mortal, en algunos casos.
El autor toma como claro ejemplo de una sociedad patriarcal cuyos miembros masculinos son verdaderamente violentos a una tribu del amazonas llamada los yanomamo.
Los yanomamo son, quizás, el más claro ejemplo de que el hombre somete a la mujer a base de violencia, ya que, en esta tribu, el hombre está en todo su derecho de agredir, mutilar o incluso matar a su mujer cuando esta no le satisfaga lo suficiente. Pos supuesto, a las mujeres yanomamas no les gusta ser agredidas, pero esperan que su marido lo haga y se resignan a ello. Incluso, llegan a creer que si su marido le maltrata, es porque le quiere.
Irónicamente, la mayor parte de las peleas que se producen entre yanomamos, son a causa de las mujeres, y es que entre las tribus yanomamas existe una gran diferencia entre el número de hombres y el de mujeres. Así, hay casi 120 hombres por cada 100 mujeres, sin contar que los hombres que ocupan puestos privilegiados pueden tener varias esposas. Lejos de remediarlos, los yanomamo lo empeoran: el primer hijo debe ser varón, si nace niña, la madre se limita a matarla o a abandonarla a su suerte en medio del espesor de la selva. Además, las madres y los padres hacen más caso a los hijos que a las hijas, ya que estas no son importantes porque no pueden luchar ni cazar.

Por esta razón, las tribus yanomamas viven en un continuo palafrén de engaños, traiciones y guerras entre sí. Lo primero que hacen los hombres yanomamos que ganan una guerra es prender a las mujeres de la otra tribu y se las reparten entre ellos. Cabe pensar que, si carecen de mujeres, lo más normal sería que criasen a más de ellas, pero las madres saben que los hombres, aparte de luchar y protegerlas, sirven para la caza.
Y aquí llegamos al por qué de tantos hombres en estas tribus: los yanomamo viven, principalmente, de los huertos de plátanos que tienen en sus aldeas, ya que, tras siglos y siglos de caza de animales salvajes, han acabado con casi todos ellos, y los hombres cada vez tienen que ir más lejos para conseguir carne. Por tanto, llegamos a la conclusión de que la lucha entre yanomamos no es tanto por mujeres, pero sí por proteínas.
En mi opinión, la mujer actual nada tiene que ver con nuestras antepasadas y cada vez está más cerca de conseguir la igualdad total entre ambos sexos, al menos, en el caso de la mujer moderna de los países desarrollados, aunque seguimos siendo víctima de abusos por parte de los varones, pero, en el caso de hoy en día, no es tanto maltrato físico, como psicológico. Tristemente, mujeres de países relativamente desarrollados sufren de insultos y agresiones por parte de sus maridos, siendo 60 el número de mujeres que murieron a manos de sus esposos el año pasado. Y esto solamente en España.
Me parece irónico que aún hoy, sean los hombres quienes gobiernen a sus esposas, cuando, biológicamente hablando, ellos son el sexo débil, al poseer solo una copia del cromosoma X (Las mujeres tenemos dos cromosomas X, y el hombre, uno X y uno Y), por tanto, y al solo tener una copia, son más propensos a que esta única copia que tienen les falle, dando lugar a enfermedades y males de todo tipo.
En mi caso, como soy mujer, defiendo la postura femenina y creo que, no solo la mujer es igual que el hombre en todos los aspectos, sino que es incluso más fuerte, ya que el género femenino ha tenido que soportar años de sumisión y violencia por parte del género contrario.